Vía: INAH.

Quiahuiztlan: la necrópolis cobijada por la lluvia

A las faldas del cerro Bernal, conocido también como cerro de los Metates, por la gran cantidad de estos vestigios que se han desenterrado en el lugar, yace el asentamiento totonaco de Quiahuiztlan. Su vista de la planicie costera de la antigua Villa Rica nos ofrece una interesante perspectiva del lugar en el que, según crónicas, el conquistador español mandó a hundir sus naves hace poco más de 500 años.

Ubicado en el municipio de Actopan, Veracruz, este sitio arqueológico fue sometido primero por los toltecas y después por los mexicas, de ahí su nombre el origen náhuatl: el lugar de la lluvia. Ciudad, fortaleza y cementerio, jugó un papel de suma importancia en el contexto de la conquista, pues aquí se concertó una alianza con Cortés para derrotar al imperio tenochca, quienes les exigían sendos tributos en grano, jóvenes para los sacrificios y un férreo control militar.

Su ocupación inició en el periodo Epiclásico, aunque su esplendor se dio en el Posclásico. Se compone por estructuras religiosas y ceremoniales de baja estatura y cuenta con, al menos, un juego de pelota. Sin embargo, lo que cautiva al visitante moderno, además de la imponente atalaya natural, es su arquitectura funeraria. Esta se divide en tres grupos de tumbas erigidas con lajas de estuco de arena y cal de concha y molusco, que asemejan adoratorios a escala con techos, escalinatas y un hueco que, creen algunos, fue diseñado para el tránsito de las almas de sus antepasados.

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